Migrante hondureo baleado en Tapachula, Chiapas.
Migrante an no identificado

Autor: Martn Solares
Foto: Nicola kin Frioli

De un tiempo a la fecha sueo un dispositivo con leones. Con variantes, pero siempre es lo mismo. En el ms reciente de estos casos me encuentro en un territorio desierto, una sabana apta para la sobrevivencia animal. La accin comienza en el instante en que me veo corriendo con un grupo de gente por una especie de pasillo, a lo largo del cual estn dispuestas doce habitaciones, una por cada mes del ao, y en cada una aguarda un len. Podemos verlos ya que las puertas estn hechas de un material transparente y al mismo tiempo tan slido como para contener a estas moles. Hay ms personas conmigo; desconocidos, sobre todo: los rostros que uno podra encontrar al salir a la calle. Somos un grupo numeroso, que corre en fila india, como para llegar al trabajo. De vez en cuando una de las puertas se abre y un len sale para devorar a alguien, provocando el pnico de quienes estn a su lado. Entonces alguien le asigna un nmero al cado y poco a poco olvidamos su nombre. El grupo sigue avanzando y al final del da hemos dado una vuelta completa. Hoy le ocurri a uno que estaba delante de m. No lo haba advertido, pero el dispositivo nos trata como si fusemos un rebao annimo y bruto, destinado a morir. As est hecho el edificio, de una cruel perfeccin. La arquitectura por s misma no alcanza a explicarlo todo. Suponemos que est involucrada la magia, porque aqu sucede algo ms: cada vez que se completa una vuelta dejamos de usar una palabra. Jams hubiera credo lo rpido que pueden olvidarse ciertas de entre ellas, cunto nos empobrece el perderlas de vista. Quizs eso explica porqu algunos han comenzado a berrear. Contra lo que dicen los maledicentes, no estamos cruzados de brazos. Lo hemos intentado todo en las variantes del sueo: desde escapar de la situacin hasta encerrar a estos seres. Pero nadie quiere morir, las paredes son altas y nunca se nos ense a detenerlos. Muchos sucumben a la desesperacin o al desgano. Basta reparar en que no fuimos nosotros quienes diseamos esto, ni lo merecemos. O quiz bast que ignorramos la existencia de los leones durante todos estos aos para que ellos se impusieran en el lugar donde estn. El dispositivo es resistente y duradero. Acaso se ponga peor. En das como ste, nada que venga de la mente o del espritu promete ser capaz de atenuar el dolor. Pero llega otra noche en que, desilusionados y exhaustos volvemos a nuestras casas y concluimos cunta falta nos hacen una mitologa, unas leyendas que hablen de aquellos que estuvieron encerrados aqu antes que nosotros y sus intentos afortunados o ingenuos por encontrar la salida.