Camino al norte, Tamaulipas.
Migrante an no identificado

Autor: Laura Emilia Pacheco
Foto: Ricardo Ramrez Arriola

Madre de Dios, aydame. Madre ma, te lo ruego. No quiero acabar aqu, lejos de mi tierra, alejado de los mos, bajo este cielo que no conozco. Por favor, por favor. No hay forma de avisarles. Cmo darn conmigo o lo que quede de m? Las manos atadas; un animal al borde del matadero. No hay defensa. No hay salvacin. Es acre el sabor de la inmisericordia; imposible remontar este muro de crueldad. El muro. No pens que acabara as. Cre todos cremos-- que despus de semanas de prfuga indocumentacin sta sera slo otra jornada: extorsiones, golpes, asaltos, hambre, fro, suciedad, basura como alimento. El brutal tributo por anhelar en otra parte lo que no ser. Una horda de nmadas sin nombre. No lo supe entonces. Estbamos tan cerca. Suplicamos. Nos han reunido aqu a punta de insultos y amenazas. Este cobertizo sin techo es ahora un rastro. El olor del pnico se transforma en hedor a muerte: un aroma fro, como a metal, que hiela el aire, paraliza la respiracin. Apenas queda un instante. Madre ma: la rfaga, la rfaga. El estrpito es insoportable, demoniaco. Los ojos abismales de los verdugos me sacan lgrimas. Gritos, llanto, lamentos, el golpe seco de los setenta cuerpos cayendo sobre la hierba a mi alrededor. Hombres y mujeres pegados a la tierra, imantados por un ncleo, como si su sangre fluyera de nuevo hacia una corriente oscura, subterrnea, perpetua. Comprendo. No puedo describir ese sonido. Espero la bala. Me ciega un destello. Cuando era pequeo mi madre lavaba en el ro. Me deslumbraba el reflejo del sol de plomo sobre la corriente. Jugaba a estar ciego y a ciegas arrancaba mangos de los rboles como si habitara el Paraso. La dulzura de la fruta... No lo vi entonces. Muchas veces me ba en esas aguas para lavarme el cansancio de una jornada de magros resultados. Estuve en el ro el da en que part. Un ltimo bautizo annimo. Cmo imaginar que no volvera ms? El polvo, el sudor, la fatiga: todo era tan distinto a la asombrosa abundancia que veamos por las noches, reunidos en torno al raqutico televisor, con su cable retorcido: un hurfano cordn umbilical. Las imgenes me hacan desear que mi madre tuviera algo que la compensara. Yo quera por esposa a una mujer dulce y que oliera a jabn. Las risas de los hijos que no tuve ahora retumban en mi cabeza por el impacto que me confronta con lo que no existir ya. No pude despedirme. Veo el ro a lo lejos. El fragor de las aguas se desvanece. No queda nada. Nada.